Éxodo Intelectual y Jubilaciones en Riesgo: El Colapso de las Instituciones

Más de 70 investigadores renunciaron a la UNTDF por salarios de miseria y la Caja Policial se declara en quiebra técnica.

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4/30/20262 min read

Que más de 70 docentes abandonen una universidad no es una estadística. Es una señal de alarma. Y en el caso de la Universidad Nacional de Tierra del Fuego, esa señal parece estar gritando.

El dato, confirmado por el rector Mariano Hermida, no admite demasiadas interpretaciones: en apenas dos años, una institución joven, estratégica y periférica perdió una porción significativa de su capital más valioso.

Porque en una universidad, los docentes no son un recurso más. Son el sistema.

La explicación oficial —la caída salarial, que supera el 50%— es contundente y está respaldada por múltiples fuentes.
Pero lo verdaderamente preocupante no es la causa, sino la naturalidad con la que empieza a asumirse la consecuencia.

Que los docentes migren al sector privado, que acumulen cargos para sobrevivir o que directamente abandonen la institución ya no aparece como una excepción, sino como una lógica instalada. Y cuando esa lógica se consolida, el problema deja de ser coyuntural.

Se vuelve estructural.

El trasfondo es conocido: un sistema universitario tensionado por el ajuste presupuestario, con salarios que pierden contra la inflación y con una ley de financiamiento cuya aplicación sigue en disputa.
Pero reducir la discusión a una puja entre Nación y universidades sería simplificar demasiado.

Porque lo que está en juego no es solo una partida presupuestaria. Es la capacidad real de sostener instituciones que, como la UNTDF, fueron creadas para cumplir un rol estratégico en regiones alejadas de los grandes centros urbanos.

Y ahí aparece el problema de fondo.

Una universidad con 4.500 estudiantes, pensada para el desarrollo territorial, no puede darse el lujo de perder decenas de docentes sin que eso impacte directamente en su funcionamiento.
Cada renuncia no es solo una baja administrativa: es una cátedra que se debilita, un proyecto de investigación que se frena, una formación que pierde calidad.

El propio diagnóstico lo admite: el pluriempleo crece, la investigación se resiente y el vínculo pedagógico se deteriora.
Es decir, el sistema sigue funcionando… pero cada vez peor.

Y ahí está el riesgo más grande.

Porque las universidades no colapsan de un día para otro. Se erosionan lentamente. Pierden docentes, reducen calidad, achican proyectos. Siguen abiertas, pero cada vez más debilitadas.

Hasta que un día, lo que queda es apenas una estructura formal sin la potencia que la justificaba.

La situación de la UNTDF no es un caso aislado, pero sí es especialmente sensible. Por su ubicación, por su tamaño y por su rol, cualquier deterioro tiene un impacto amplificado.

En definitiva, la pregunta ya no es si hay una crisis. Eso está fuera de discusión.

La pregunta es cuánto tiempo puede sostenerse una universidad cuando empieza a perder, de manera sostenida, a quienes la hacen posible.

Porque cuando los docentes se van, no se va solo gente.
Se va conocimiento.
Y eso, a diferencia de un presupuesto, no se recupera fácilmente.