Guerra de poderes por la Reforma: Melella desafía a la Legislatura y ratifica las elecciones

El Ejecutivo provincial tildó de "inconstitucional" la derogación y asegura que el proceso electoral no se detiene.

POLÍTICA

Tierra del Fuego Noticias - Editorial

5/4/20263 min read

La crisis institucional en Tierra del Fuego ha escalado a un punto de no retorno. Mientras el ministro Jorge Canals y el legislador Federico Greve sostienen con terquedad que la elección de convencionales del 9 de agosto sigue en pie —amparándose en la supuesta vigencia de un proceso ya iniciado—, la mayoría legislativa (11 a 4) les ha propinado un golpe de realidad. Referentes como Walter Vuoto y Jorge Lechman han sido tajantes: en una provincia donde el déficit mensual araña los $27 mil millones y la gente "no llega a fin de mes", gastar $8.000 millones en una reforma es un insulto a la razón. El Gobierno provincial, encerrado en su laberinto jurídico, planea vetar la ley y judicializar el conflicto, lo que anticipa una parálisis institucional peligrosa. Se trata de una pelea de egos políticos donde la gobernabilidad es el daño colateral.

Reforma constitucional: legalidad, legitimidad y una disputa que no se detiene

Las declaraciones de Federico Canals apuntan al corazón del conflicto político que atraviesa Tierra del Fuego: quién tiene la última palabra en un proceso que, aunque formalmente iniciado, está lejos de ser pacífico.

El argumento del legislador es claro: la Legislatura no puede frenar un proceso constitucional en marcha. Desde lo estrictamente legal, el planteo tiene sustento. Existe una ley que habilita la reforma, un decreto que convoca a elecciones y un cronograma que empieza a tomar forma.

Pero la política rara vez se agota en la legalidad.

Porque si algo evidencia este conflicto es que la discusión no es solo jurídica. Es profundamente política. Y en ese terreno, la idea de “proceso en marcha” no necesariamente implica consenso, ni mucho menos legitimidad consolidada.

Ahí aparece el primer punto crítico.

Apelar a la legalidad como argumento suficiente puede ser eficaz para avanzar, pero no alcanza para cerrar la discusión. Una Constitución no es una ley más. Es el pacto básico de una comunidad. Y ese tipo de acuerdos difícilmente se sostengan cuando una parte significativa del sistema político los cuestiona.

El segundo punto es institucional.

Cuando un poder del Estado —en este caso, la Legislatura— intenta frenar o revisar una decisión impulsada por el Ejecutivo, lo que aparece no es una anomalía, sino un conflicto propio del sistema republicano. El problema no es que exista esa tensión. El problema es cuando se vuelve permanente y sin canales claros de resolución.

Y hoy, ese parece ser el escenario.

El oficialismo avanza con la idea de que el proceso ya está en marcha y debe continuar. La oposición responde intentando poner límites, cuestionar la oportunidad o directamente frenar la iniciativa. En el medio, la Justicia asoma como árbitro posible, aunque con tiempos que rara vez coinciden con los de la política.

El resultado es una reforma que, antes de empezar, ya está atravesada por la disputa.

Y eso abre un interrogante difícil de evitar: ¿puede una Constitución nacer en medio de un conflicto de poder tan explícito?

La respuesta no es simple. Pero la experiencia muestra que cuanto menor es el consenso de origen, mayor es la fragilidad del resultado.

El planteo de Canals también deja entrever otra cuestión: la idea de irreversibilidad. Si el proceso ya está en marcha, entonces cualquier intento de frenarlo sería ilegítimo.
Pero esa lógica, llevada al extremo, reduce el margen de discusión política. Convierte un proceso abierto en un camino casi obligatorio, y en democracia, pocas cosas deberían ser inevitables.

En definitiva, la reforma constitucional en Tierra del Fuego avanza. Pero lo hace en un terreno inestable, donde legalidad y legitimidad no siempre van de la mano. Y en ese desajuste, más que resolverse el debate, parece profundizarse. Porque una Constitución puede imponerse por procedimiento, pero solo se sostiene en el tiempo si logra algo más difícil: consenso.