RIGI en Tierra del Fuego: promesas grandes, problemas conocidos

El legislador Luciano Selzer sostuvo que la provincia necesita adherir al RIGI para potenciar el desarrollo productivo.

ECONOMÍAPOLÍTICA

4/29/20262 min read

La defensa del RIGI como motor del desarrollo productivo vuelve a poner en escena una lógica que se repite en la política argentina: apostar a grandes soluciones externas para problemas internos que siguen sin resolverse.

El planteo de Luciano Selzer es claro y, en términos discursivos, atractivo. Más inversiones, más oportunidades, más desarrollo. Difícil discutirlo en abstracto. Pero el problema no suele estar en la promesa, sino en la realidad que la rodea.

Porque Tierra del Fuego no parte de una hoja en blanco.

Es una provincia con limitaciones estructurales, con problemas de infraestructura, con tensiones energéticas y con dificultades para sostener servicios básicos en algunos sectores. En ese contexto, pensar que un régimen de incentivos a grandes inversiones puede, por sí solo, transformar la matriz productiva suena más a expectativa que a diagnóstico.

El RIGI propone estabilidad fiscal y beneficios para atraer capitales. Pero eso abre una pregunta incómoda: ¿qué tipo de desarrollo se busca?

Porque no todas las inversiones generan el mismo impacto. Algunas crean empleo genuino y arraigo local. Otras funcionan como enclaves: operan, extraen valor y se integran poco al territorio.

Y ahí aparece el primer punto crítico.

Si la provincia no logra ordenar su propia estructura productiva, mejorar su logística y garantizar condiciones básicas, el riesgo es que el RIGI termine siendo una herramienta que beneficie más a los inversores que al desarrollo local.

El segundo problema es de coherencia.

Mientras se promueve un régimen que promete previsibilidad para grandes capitales, la realidad cotidiana muestra tensiones en áreas clave: energía, servicios, financiamiento público. Esa brecha entre lo que se ofrece hacia afuera y lo que ocurre hacia adentro debilita cualquier discurso de desarrollo sostenible.

Y hay un tercer punto, más político que económico.

El RIGI se presenta como una oportunidad, pero también funciona como un atajo discursivo. Permite hablar de futuro, de inversiones y de crecimiento sin necesariamente resolver los problemas actuales. Es, en cierto modo, una forma de desplazar la discusión.

En lugar de preguntarse cómo mejorar lo existente, se apuesta a lo que podría venir.

Nada de esto implica negar que Tierra del Fuego necesite inversiones. Las necesita. Y muchas. Pero hay una diferencia clave entre atraer inversiones y depender de ellas como única estrategia.

El desarrollo productivo no se construye solo con incentivos fiscales. Se construye con planificación, infraestructura, capital humano y reglas claras que funcionen en la práctica, no solo en el papel.

En definitiva, el RIGI puede ser una herramienta.
El problema es cuando se lo presenta como solución.

Porque en ese punto, más que un plan de desarrollo, empieza a parecer una apuesta.